miércoles, 11 de agosto de 2010

Noche oscura


Ayer fue noche oscura y hubo quien
tocara mi piel
y hoy que todo brilla
no hay razón ya no sale el sol.


Que ya no hay fe
Que ya no se
Que todo se me escapa de mi ser...
Que fue el ayer y el tiempo
No queda más recuerdo que el dolor


Donde haya amor
solo veo desolación
la luz se va, no hay sueño
me muero entre el abismo y el temor
Donde haya amor, Quiero luz
quiero amor, quiero un beso.



Tal vez, mi sueño pueda ser real
no te vayas más
y Tal vez los versos muertos volverán
Ya pronto se irán
quiero creer, quiero ser fe
todo se me escapa sin poder ser


Se fue el ayer y el tiempo
No queda más recuerdo que el dolor
Donde haya amor
solo veo desolación
la luz se va, no hay sueño
me muero entre el abismo y el temor
Donde haya amor, Quiero luz
quiero amor, quiero un beso.


Se fue el ayer y el tiempo
No queda más recuerdo que el dolor
Donde haya amor
solo veo desolación la luz se va, no hay sueño
me muero entre el abismo y el temor
Donde haya amor, Quiero luz
quiero amor, quiero beso...

jueves, 10 de junio de 2010

Si ....... fuera tiña

La envidia puede consumir un alma como el fuego creado por una chispa,
puede consumir un pastizal seco.
La envidia puede convertirse en odio y autocompasión.

La envidia y el odio es como un fuego que
puede consumir un alma
y
puede dejar cenizas donde no hay comprensión.
Puede crea una forma antisocial de auto destrucción.
Fuego y cenizas que consumen hasta las semillas de la superación.

La envidia causa dolores que puede crear un veneno
que mata el corazón.
Crea un estado de salud de auto consumo.
Enfermedades dadas que acaba
n una vida sin razón.

Sin embrago, la admiración crea humildad,
compasión y amor en el corazón.
Un buen estado de salud con buenas razones.

También crea un espacio fértil en el alma
para esperanzas y futura
s inspiraciones.

Por lo tanto, es mejor aprender a cambiar la envidia
por la admiración.
Para así tener una vida humilde, larga y sana
con bondad y amor en el corazón.

domingo, 9 de mayo de 2010

El Lobo. Guy de Maupassant (1850-1893)


El Lobo.
Guy de Maupassant (1850-1893)

Vean lo que nos narró el viejo marqués de Arville, a los postres de la comida con que inaugurábamos aquel año la época venatoria en la residencia del barón de Ravels.
Habíamos perseguido a un ciervo todo el día. El marqués era el único invitado que no tomó parte alguna en aquella batida, porque no cazaba jamás.

Durante la comida casi no se habló más que de matanzas de animales. Hasta las señoras oían con interés las narraciones sangrientas y con frecuencia inverosímiles; los oradores acompañaban con el gesto la relación de los ataques y luchas de hombres y bestias; levantaban los brazos, ahuecaban la voz. Agradaba oír al señor de Arville, cuya poética fraseología resultaba un poco ampulosa, pero de buen efecto. Es indudable que habría referido muchas veces, en otras ocasiones, la misma historia, porque ninguna frase lo hizo dudar, teniéndolas todas ya estudiadas, muy seguro de producir la imagen que le convenía.

-Señores: yo no he cazado nunca; mi padre, tampoco; ni mi abuelo ni mi bisabuelo. Este último era hijo de un hombre que había cazado él solo más que todos ustedes juntos. Murió en 1764, y voy a decir de qué manera. Se llamaba Juan, estaba casado y era padre de una criatura, que fue mi bisabuelo; habitaba con su hermano menor, Francisco de Arville, en nuestro castillo de Lorena, entre bosques. Francisco de Arville había quedado soltero; su amor a la caza no le permitía otros amores.
Cazaban todo el año sin tregua, sin descanso y sin rendirse a las fatigas. Era su mayor goce; no sabían divertirse de otro modo; no hablaban de otro asunto: sólo vivían para cazar. Los dominaba aquella pasión terrible, inexorable, abrasándolos, poseyéndolos, no dejando espacio en su corazón para nada más. Habían prohibido que por ninguna causa los interrumpieran en sus cacerías. Mi bisabuelo nació mientras perseguía su padre a un zorro y, sin abandonar su pista, Juan de Arville murmuró:
-¡Cristo! Bien pudo esperar ese pícaro para nacer a que yo termine.

Su hermano Francisco se apasionaba aún más en su afición. Lo primero que hacía en cuanto se levantaba era ver a los perros y los caballos; luego, se entretenía disparando a los pájaros en torno del castillo hasta la hora de salir a caza mayor.

En la comarca los llamaban el señor marqués y el señor menor; entonces los aristócratas no establecían en los títulos -como ahora la nobleza improvisada quiere hacerlo- una jerarquía descendiente; porque no es conde un hijo de marqués ni barón un hijo de vizconde, como no es coronel de nacimiento el hijo de un general. Pero la vanidad mezquina de los actuales tiempos lo dispone así. Vuelvo a mis ascendientes.

Parece ser que fueron agigantados, velludos, violentos y vigorosos; el joven aún más que su hermano mayor, y tenía una voz tan recia, que, según una opinión popular que le complacía, sus gritos agitaban toda la verdura del bosque. Y, al salir de caza, debieron de ofrecer un espectáculo admirable aquellos dos gigantes, galopando en dos caballos de mucha talla y brío.

El invierno de 1764 fue muy crudo y los lobos rabiaron de hambre.

Atacaban a los campesinos, rondaban de noche alrededor de las viviendas, aullaban desde la puesta de sol hasta el amanecer y asaltaban los establos. Circuló un rumor terrible. Se Hablaba de un lobo colosal, de pelo gris, casi blanco; que había devorado a dos niños y el brazo de una mujer; había matado a todos los mastines de la comarca y, saltando las tapias, olifateaba sin temor alguno bajo las puertas. Ningún hombre dejó de sentirlo resoplar; su resoplido hacía estremecer la llama de las luces. Invadió la provincia un pánico terrible. Nadie salía de casa de noche ni al anochecer. La oscuridad parecía poblada en todas partes por la sombra de aquella bestia...

Los hermanos de Arville, resueltos a perseguir y matar al monstruo, dispusieron grandes cacerías, invitando a los nobles de la región. Todo fue inútil; ni en los bosques ni entre las malezas lo hallaron jamás. Mataban muchos lobos, pero aquél no aparecía. Y cada noche, al terminar la batida, como para vengarse, la bestia feroz causaba estragos mayores, atacando a un caminante o devorando alguna res; pero siempre a distancia del sitio donde lo buscaron aquel día.

Entró una de aquellas noches en la pocilga del castillo de Arville y devoró los dos mejores cerdos. Juan y Francisco reventaban de cólera, imaginando en aquel ataque una provocación del monstruo, una injuria directa, un reto. Con sus más resistentes sabuesos, acostumbrados a perseguir temibles bestias, aprestáronse a la caza, rebosando sus corazones odio y furor.

Desde el amanecer hasta que descendía el sol arrebolado entre los troncos de los árboles desnudos, batieron inútilmente los matorrales.

Regresaban furiosos y descorazonados, llevando al paso las cabalgaduras por un camino abierto entre maleza, sorprendiéndose de que un lobo burlase toda su precaución y poseídos ya de una especie de recelo misterioso. Juan decía:

-Esa bestia no es como las demás. Parece que piensa y calcula como un hombre.
Y contestaba Francisco:
-Acaso conviniera que nuestro primo el obispo bendijese una bala, o que lo hiciese algún sacerdote de la región, rogándole nosotros que pronunciase las palabras oportunas.
Callaron y, después de un silencio, advirtió Juan:
-Mira el sol, qué rojo. La fiera no dejará de causar algún daño esta noche.

Apenas había terminado la frase, cuando su caballo se encabritó; el de Francisco giraba. Un matorral, cubierto de hojas marchitas, crujió, abriendo paso a una bestia enorme y gris que, saliendo rápidamente de su escondrijo, internose al punto en el bosque. Los dos de Arville articularon una especie de rugido que demostraba su fiera satisfacción y encogiéndose, inclinados hacia adelante, pegándose al cuello de sus briosos caballos, impulsándolos con todo su cuerpo, los lanzaron a la carrera, excitándolos, arrastrándolos, enloqueciéndolos de tal modo con las voces, con sus movimientos, con la espuela, que los hercúleos caballeros, como si un ímpetu gigantesco los condujera volando, parecían arrastrar entre las piernas a sus caballos, que iban a escape, tocando en el suelo con el vientre, haciendo crujir los matorrales y salvando las torrenteras, encaramándose por escarpadas pendientes y descendiendo por angostas gargantas. Los caballeros hacían resonar las trompas con toda la fuerza de sus pulmones, llamando a sus criados y a sus perros.

De pronto, en aquella furiosa y precipitada persecución, tropezó mi abuelo con la cabeza en una rama que le abrió el cráneo y cayó sin sentido, mientras el caballo continuaba su carrera loca, desapareciendo en la densa oscuridad que iba envolviendo el bosque. Francisco de Arville paró en seco y se apeó, cogiendo en brazos a su hermano; vio que por la herida, entre la sangre, asomaba también el cerebro.

Entonces, apoyándolo sobre sus rodillas, contempló el rostro ensangrentado, las facciones rígidas, inertes, del marqués. Poco a poco el miedo lo invadió, un miedo extraño que no había sentido nunca. Temía la oscuridad, la soledad, el silencio del bosque; hasta llegó a temer que apareciera el fantástico lobo, que se vengaba de aquella persecución tenaz de los Arville haciendo morir al mayor de los hermanos.

Se espesaban las tinieblas; el frío, agudo, hacía crujir los árboles. Francisco se incorporó, tembloroso, incapaz de permanecer allí más tiempo, sintiéndose casi desfallecer. No se oía nada; ni ladridos de perros ni voces de trompa; todo estaba mudo en el invisible horizonte, y aquel silencio taciturno de una helada noche tenía bastante de horroroso y extraño.

Alzó entre sus manos de coloso el cuerpo gigantesco de Juan, atravesándolo sobre la silla para llevarlo al castillo; montó y se puso en marcha, despacio, sintiendo una turbación semejante a la embriaguez, perseguido por espectros indefinibles y espantosos.

De pronto, una forma vaga cruzó el sendero que la nocturna oscuridad invadía. Era la bestia. Una sacudida brusca, un verdadero espanto agitó al cazador; algo frío, como una gota de agua, se deslizó sobre sus riñones; y, como un ermitaño que ahuyenta a los demonios, el caballero hizo la señal de la cruz, desconcertado ante aquella temible aparición del espantoso vagabundo. Pero sus ojos refrescaron su memoria, presentándole a su hermano muerto; y, de pronto, pasando en un instante del miedo al odio, rugió furiosamente y espoleando al caballo se lanzó tras el lobo.

Lo siguió entre los matorrales y a través de bosques desconocidos. Galopaba con la vista penetrante, clavada en la sombra que huía; tropezaban en los troncos y en las rocas la cabeza y los pies del muerto atravesado en la silla. Le arrancaban el cabello las zarzas y salpicaba con sangre los árboles, golpeándolos con la frente; las espuelas rechinaban y hacían saltar chispas de los pedruscos. De pronto, la bestia y su perseguidor salieron del bosque y se lanzaron a un valle cuando aparecía la luna en lo alto del monte; un valle pedregoso, cerrado por enormes rocas. No hallando fácil salida por aquella parte, la bestia retrocedió.

Francisco no pudo contener un alarido estruendoso de alegría, que los ecos repitieron como repiten el rodar de un trueno, y saltó a tierra empuñando el cuchillo de monte. La bestia, con los pelos erizados y arqueado el cuerpo, lo aguardaba. Pero antes de comenzar el combate, cogiendo el cazador el cuerpo de su hermano, lo apoyó entre unas rocas, y sosteniéndole con piedras la cabeza, que parecía una masa de sangre cuajada, le dijo a voces, como si hablara con un sordo:

-¡Mira, Juan! ¡Mira eso!

Y se arrojó sobre la bestia. Sentíase bastante poderoso para levantar en vilo una montaña, para triturar pedernales entre sus dedos. La bestia quiso hacer presa en él, procurando arrimar su hocico al vientre del cazador; pero éste la tenía sujeta por el cuello y la estrangulaba tranquilamente con la mano, sin acordarse del cuchillo, gozándose al sentir los ahogos de su garganta y las palpitaciones de su corazón. Reía, reía más, cuanto más apretaba; reía gritando: ¡Mira, Juan! ¡Mira eso! Ya no hallaba resistencia: el cuerpo del monstruo cedía con blandura. Estaba muerto.

Entonces Francisco lo alzó, y acercándose a su hermano con aquella carga inerte dejó caer un cadáver a los pies de otro cadáver, diciendo, conmovido y cariñoso:
-Toma, Juan; tómalo; ahí lo tienes.
Después colocó en la silla los dos cuerpos y se puso en marcha.

Entró en el castillo riendo y llorando, como Gargantúa cuando el nacimiento de Pantagruel. Pregonaba la muerte de la bestia con exclamaciones de triunfador y gritos de gozo; refería la muerte de su hermano, gimiendo y arrancándose las barbas. Y, pasado el tiempo, cuando hablaba de aquella noche fatal, decía con lágrimas en los ojos:

-¡Si al menos hubiese podido ver el pobre Juan cómo estrangulé al otro, es posible que muriera satisfecho! ¡Estoy seguro!

La viuda educó a su hijo haciéndolo odiar la caza y ese odio se ha transmitido hasta mí de generación en generación.

El marqués de Arville había terminado. Alguien preguntó:
-Esa historia es una leyenda, ¿verdad?
Y el marqués respondió:
-Aseguro que todo es cierto, que todo ha ocurrido.
Y una señora dijo con dulzura:
-De cualquier modo, agrada oír contar que alguien se apasiona fieramente.

jueves, 25 de marzo de 2010

poema moderno

Quiero comunicar al mundo que aún no me he suicidado

la crisis me anima a seguir en esta vida besos

jueves, 17 de diciembre de 2009

Retener en la mirada


A quièn màs daño hace!
retener en la mirada
ese gesto de adios
que de la vida nos separa.

Porque de todo lo vivido
ambos fuimos testigos
haber crecido media viva
bajo el influjo de los sentidos.

Fue un largo y silencioso caminar
quièn dìo màs o no midio el entusiasmo
recibio el mejor regalo
para su alma.

Yo no dirìa adios
ni menos aceptar el olvido
ni siquiera haberme arrepentido
por el amor recibido.

Dicen adios aquellos
que nunca dijeron "te quiero"
ni verbalizaron el verbo amar
bajo un cielo azulado
o mirando la luna,bajo sus esplendor divino.

Dicen adios aquellos
que no crecieron bajo el alero
del poeta enamorado
o buscaron esa angelical excusa
para distender el alma
porque fue la que màs se beneficio
en este immenso planeta.

viernes, 27 de noviembre de 2009



MUERTE

Las campanadas no cesan
flores y velas se vendenen las calles
tumbas que seran adornadas con ellas
en pocos dias marchitas como los cuerpos ahi postrados.
!Que triste es la muerte¡
casi tanto como la vida,
aunque despues todo sea un recuerdo
Solo los viejos conocen el poder del tiempo
de una vida ligada a la muerte,
los niños jugando a ser grandes
los adultos deseando volver a su infancia

Mi existencia termino entre sombras
baj unprofundo olor a sangre
alimentando la muerte, exterminando la vida
comose extermina la luz, como se extermina la oscuridad, como se exterminara la raza humana.

Le has demostrado al mundo que sabes vivir,
ahora grita al viento que tambien sabras morir.

y si la gripe guarra te lleva alla en la deriva

le has demostrado al mundo que sabes vivir

jueves, 29 de octubre de 2009

poema gotico


Al infierno no solo asisten los pecadores
E infames almas despojadas de gracia
Entrad libre y voluntariamente a mi palacio de torturas
Renuncia a tu vida terrenal
Conviértete en verdugo de almas.
Que el fuego de tu látigo destroce sus esperanzas
Que tu inmaculado corazón vació
No se conmueva ante el sufrimiento ajeno.
Sus lágrimas forjaran tu tenebrosidad,
Que tu crueldad brinde agonía eterna.
Invócame oscuro mortal, soy tu padre
Corta tus venas, deja tu sangre fluir
Fin del inútil existir de tu vida miserable
Honra mi nombre y tu alma será salvada
Se parte de mi reinado de ajusticiamiento.
Maldiciones para el pecador,
Venganza para el humillado.
Clava la daga en medio de tu corazón.
Clama mi nombre en medio de tu dolor

poema


Que mueran las hadas
y el frio congele los corazones del mañana.
De todos modos hasta los árboles sangran.
Que las dagas atraviesen mis entrañas.
Pues ya no existen en mis ojos,
la luz y los sueños de cama.
Violenta la puerta, fue violada
y al rojo vivo se desarma mi alma;
Se tuerce revelada
en sonidos de sangre vana.
Rosas de silencio, rosas muertas
pisadas por damas desesperadas.
Tan solo sigue el viento,
el frío viento que no se calla.
Y qué fuerza me guía
si no es la de tu piel rosada.
Si sigo de pie mirando
el horizonte ensangrentado,
en el templo de la bestia
cual ha quedado crucificada.
Llorando con sangre,
extrañando a lo amado
de aquella dama.

PoeMas del Sarcofago humano


Mientras algunos sufren el sol, otros la sombra,
Unos huyen a la ciudad, otros a la eremita;
Sus objetivos son tantos como los caminos que toman
En la jornada de la vida; y esta tarea es la mía:
Pintar los sombríos horrores de la tumba;
El lugar designado para la cita,
Donde todos estos peregrinos se encuentran.
¡Tu socorro imploro, Rey Eterno! cuyo brazo
Fuerte sostiene las llaves del infierno y la muerte,
De aquella cosa temible, La Tumba.

Los hombres tiemblan cuando Tú los convocas:
La Naturaleza horrorizada se despoja de su firmeza
¡Ah, Cuán oscuros son tus extensos reinos,
Creciendo largo tiempo en deshechos pesarosos!
Donde sólo reina el silencio y la noche, la oscura noche,
Oscura como lo era el caos antes de que el sol
Comenzara a rodar, o de que sus rayos intentaran
Azotar la penumbra de tu profundidad.
La vela enferma, resplandeciendo tenuemente
A través de las bajas y brumosas bóvedas,
(Acariciando el lodo y la humedad mohosa)
Deja escapar un horror inabarcable,
Y sólo sirve para hacer tu noche más funesta.
Bien te conozco en la forma del Tejo,
¡Árbol triste y maligno! Que adora habitar
Entre los cráneos y ataúdes, epitafios y gusanos:
Donde rápidos fantasmas y sombras visionarias,
Bajo la pálida, fría luna (como es bien sabido)
Encapuchados realizan sus siniestras rondas,
¡Ninguna otra alegría tienes, árbol embotado!

Observad aquel santo templo, la piadosa labor
De nombres una vez célebres, ahora dudosos u olvidados,
Enterrados en la ruina de las cosas que fueron;
Allí yace sepultado el muerto más ilustre.
¡Escuchad, el viento se alza! ¡Escuchad cómo aulla!
Creo que nunca escuché un sonido tan triste:
Puertas que crujen, ventanas agitadas,
Y el pájaro hediondo de la noche,
Estafado en las espinas, gritando en los pasos sombríos
Su ronda negra y rígida, colgando
Con los fragmentos de escudos y armas andrajosas,
Enviando atrás sus sonidos, cargando el aire pesado
De los nichos bajos, las Mansiones de los muertos.
Despertados de sus sueños, las duras y severas filas
De espantosos espectros se movilizan,
Sonrisa horrible, obstinadamente malhumorados,
Pasan y vuelven a pasar, veloces como el paso de la noche.
¡Otra vez los chillidos del búho! ¡Canto sin gracia!
No escucharé más, pues hace que la sangre fluya helada.

Alrededor del túmulo, una fila de venerables olmos
Enseñan un espectáculo desigual,
Azotados por los rudos vientos; algunos
Desgarran sus grietas, sus troncos añejos,
Otros pierden vigor en sus copas, tanto
Que ni dos cuervos pueden habitar el mismo árbol.
Cosas extrañas, afirman los vecinos, han pasado aquí;
Gritos salvajes han brotado de las fosas huecas;
Los muertos han venido, han caminado por aquí;
Y la gran campana ha sonado: sorda, intacta.
(Tales historias se aclaman en la vigilia,
Cuando se acerca la encantada hora de la noche)

A menudo, en la oscuridad, he visto en el camposanto,
A través de la luz nocturna que se filtra por los árboles,
Al muchacho de la escuela, con sus libros en la mano,
Silbando fuerte para mantener el ánimo,
Apenas inclinándose sobre las largas piedras planas,
(Con el musgo creciendo apretado, con ortigas bordadas)
Que hablan de las virtudes de quien yace debajo.
Repentinamente él comienza, y escucha, o cree que escucha;
El sonido de algo murmurando en sus talones;
Rápido huye, sin atreverse a una mirada atrás,
Hasta que, sin aliento, alcanza a sus compañeros,
Que se reúnen para oír la maravillosa historia...

miércoles, 14 de octubre de 2009

Relatos de pasiön

1000 ODIOS

Mil odios crecen en mi piel,
Testigos de lo que vendra,
Me enseñan a morir de pie,
Me enseñan a vivir el hoy.

Mil odios crecientes, mil odios en mi.
Instintos concientes, ya corren sin fin
para mi.

Lo veo desde tu mirar,
Mi sangre quema tu interior,
Arena que forja mi temple,
Fe ciega se siente mas fuerte.

Mil odios crecientes, mil odios en mi.
Instintos concientes, ya corren sin fin,
para mi,
en mi.

Veracidad
mi ambicion
la oscuridad
siente temor.

Un dios ajeno a ti, un dios me enseña a morir.
Los odios hoy crecen en mi,
Son almas que ayer vi sufrir.
Mil odios hoy me hacen mas fuerte,
Para ignorar mi propia suerte.

Mil odios crecientes, mil odios en mi
para mi
en mi.

Un dios ajeno a ti, un dios me enseña a morir.

Mil odios

Odio


AMORAL

Presumiendo notoriedad
de violencia y opresion,
¿logra al fuerte amansar,
el mandato superior?

Contaminando tu razon,
Se jacta, adulador,
para luego idolatrar
al gran ser artificial.

Se manifiesta aterrador,
es el tirano hostigador.

Una hoguera en mi interior,
un impulso destructor,
desintegra la cordura
que aun sigue viva en mí.

Despierta la agresividad,
ahora me siento en libertad.

Ofrenda congojas al opresor,
hazle ver tus tribulaciones,
demandara sumision y seras
Sumido en su esclavitud para siempre.

Se expande su designio,
se propaga la devastacion.

Codicio, invadio, usurpo, y destruyo

Se expande su designio,
Se propaga la devastacion.

Una hoguera en mi interior,
Un impulso destructor,
Desintegra la cordura
Que aun sigue viva en mi.

Despierta la agresividad
Ahora me siento en libertad.

Libertad

PHOBOS

Las vidas que vi cambiar, perdiendo intensidad,
Llamas que ayer vi arder, en si pierden la fe.
La mente abierta conectada a mi ser,
La luz eterna que hay bajo mi piel.

Siento presente el miedo a perder,
La chispa interna que me pone a arder.
Constantemente procuro mantener
La fortaleza que me hace comprender.

Temor de ver caer mi escudo,
Temor de ver perder mi luz.

Desastre vez, en no creer, te conectas, y disparas tu ira.

Temor de ver caer mi escudo,
temor de ver perder mi luz.

Desintegra, mi intensidad, desintegrar, mi integridad.

Siente dolor, siente temor, desastre veo a mi alrededor.

HASTA SIEMPRE

Puedes ver que existe el dolor,
Cuanto mas lo ignoras sabras,
En tus manos tienes el poder,
Para lograr seguir con tu vida.

El temor de sentir soledad,
En un lapso de tiempo infinito,
Cuanto mas conciente estas,
Tu reflejo se hace inmortal.

Inmortal
Inmortal

Expandiendose como un tumor,
Es el miedo creciente maldito,
Si­ntoma de eterna afliccion,
Coronandose en tus latidos.

Inmortal
Inmortal

Por siempre
Inmortal
por siempre

Dejalo, debes olvidar,
Dejalo, se cumple el ciclo,
Dejalo, para poder continuar.

Inmortal
Inmortal

Por siempre
Inmortal
por siempre

Dejalo, debes olvidar,
Dejalo, se cumple el ciclo,
Dejalo, para poder continuar

martes, 7 de julio de 2009

Dark day


Anochece, anochece

Las paredes se llenan de flores

Los cipreses crecen orgullosos

¿Hay gente? Sí y no

Hay un camino que todos recorremos

Hay un dolor que todos sufriremos

Hay un lecho que todos tendremos

Anochece, anochece

No hay luna, sólo paz

Silencio más fuerte que el ruido

¿Qué ruido?

El ruido de los vivos

No te preocupes, niña mía

No te preocupes de aquel día

Pues ese día llegará

No hay que pedirlo

No hay que prepararlo

No hay que desearlo

No hace falta, no te preocupes

Ni la gloria ni la belleza ni la bondad

cambia ese destino

lunes, 15 de junio de 2009

Extraños en la noche

Extraño Poder, quién eres yo no lo sé,
Asesino o doncella de mi fe.
Sólo sé que prefiero el castigo
Del más implacable enemigo,
Que vivir -como ahora vivo-
Mutilada veinte veces al día por ti.

Sin embargo, cuando logre someterte,
Lo ridículo será un vano pretexto,
Murmurando en mi oído una canción
Largo tiempo amada, hoy lejos de la razón;
Y sobre mi frente he de sentir el beso
Que me haría desear morir antes de perderlo.